Saturday, July 02, 2016

Amanecer.

Las calles se veían vacías a esa hora de la mañana.  Las sombras aún cubrían el paisaje, luchando contra la incipiente luz que se asomaba por los techos de las casas.  Sus pies se arrastraban por el pavimento, intentando sobrellevar el peso que la tristeza le producía en su corazón.
Estaba cansado de llorar, aún así las lágrimas seguían agolpándose en sus ojos.   El peso en su pecho lo obligaba a inclinarse y su frente siempre miraba hacia el piso.  Todo ante sus ojos todo se veía negro y sus oídos sólo escuchaban el ruido de sus pies al avanzar.
De pronto, algo destelló entre las gotas que seguían atrapadas en sus pestañas, multiplicando la luz en miles de rayos frente a su retina.  Una gota de sol lo alcanzó, lo cobijó y lo levantó, estremeciendo su cuerpo desde lo profundo.
Como no le sucedía en muchos años, la ciudad no le parecía lejana.  El ruido urbano parecía tomar una realidad exquisita ante sus oídos.  Estaba vivo a pesar de todo.  La misma tristeza le pareció una prueba divina de su propia existencia.
Lento pero seguro, el sol renacía tras la cordillera, y junto con él, sus ganas vivir.

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