Te conocí un día de glorioso sol, y hoy sólo nubes habitaban mi cielo. En mi mente lucías como la primera vez, las veinticuatro horas del día sin descansar. Pero el destino es obstinado, y ahora no quería dar su mano a torcer y a mi no te dejaba llegar. Y a ti no me dejaba llegar.
Así mis alas rotas perdían una pluma con cada lágrima derramada por ti. Así mis pies daban pasos sin saber hacia donde me llevarían. Y un día cualquiera, en no recuerdo que calle, te vi.
Allí estabas, con una gran sonrisa pintada en el rostro y una luna brillando en tu frente. Jugabas con tu cabellera susurrando una canción. El humo de los autos no parecía un elemento dañino, sino un accesorio para tal cuadro de hermosura.
Sorpresivamente buscaste a tu alrededor, sabías que te había encontrado. Me miraste, unos segundos pasaron y sentí que eran más largos y dolorosos que todo aquel tiempo que soñé con ese momento. Caminaste, y me fijé que a tu corazón una lágrima adornaba.
Llegaste a mi lado y una simple pregunta te reintegró a mi historia. Y me reintegró a tu historia. Te di la mano, pero no era gesto suficiente para tal reencuentro, y sin alcanzar a resistirme tus brazos ya me rodeaban, apretando de una manera suave, cariñosa.
De esa misma forma retrocediste, y te alejaste. Mi mundo comenzó a girar al verte caminado de espaldas a mí. Y sin saber bien lo que quería decir, grité: "¡Me perdoné!". Giraste y respondiste: "Me perdoné".
Quise en ese instante gritar: "¡Te Quiero, Te necesito!"; y me di cuenta que tus ojos lo decían, y estoy seguro que los míos también.
Tardamos años en entender la profundidad de nuestro amor. Que los errores o el tiempo no lo podían separar. Pero nuevamente estábamos juntos, no como la primera vez, sino aún mejor. Teníamos un nuevo nombre a nuestra relación: "amistad".
Sí. Definitivamente eras tú el gran tesoro que Dios tenía reservado para mí.
No. Él no se podía equivocar.
Así mis alas rotas perdían una pluma con cada lágrima derramada por ti. Así mis pies daban pasos sin saber hacia donde me llevarían. Y un día cualquiera, en no recuerdo que calle, te vi.
Allí estabas, con una gran sonrisa pintada en el rostro y una luna brillando en tu frente. Jugabas con tu cabellera susurrando una canción. El humo de los autos no parecía un elemento dañino, sino un accesorio para tal cuadro de hermosura.
Sorpresivamente buscaste a tu alrededor, sabías que te había encontrado. Me miraste, unos segundos pasaron y sentí que eran más largos y dolorosos que todo aquel tiempo que soñé con ese momento. Caminaste, y me fijé que a tu corazón una lágrima adornaba.
Llegaste a mi lado y una simple pregunta te reintegró a mi historia. Y me reintegró a tu historia. Te di la mano, pero no era gesto suficiente para tal reencuentro, y sin alcanzar a resistirme tus brazos ya me rodeaban, apretando de una manera suave, cariñosa.
De esa misma forma retrocediste, y te alejaste. Mi mundo comenzó a girar al verte caminado de espaldas a mí. Y sin saber bien lo que quería decir, grité: "¡Me perdoné!". Giraste y respondiste: "Me perdoné".
Quise en ese instante gritar: "¡Te Quiero, Te necesito!"; y me di cuenta que tus ojos lo decían, y estoy seguro que los míos también.
Tardamos años en entender la profundidad de nuestro amor. Que los errores o el tiempo no lo podían separar. Pero nuevamente estábamos juntos, no como la primera vez, sino aún mejor. Teníamos un nuevo nombre a nuestra relación: "amistad".
Sí. Definitivamente eras tú el gran tesoro que Dios tenía reservado para mí.
No. Él no se podía equivocar.
